Curación de quemadura y taquicardia

Hubo una época en que tenía mucha inconformidad en mi vida. Me sentía muy afligida y anhelaba encontrar una respuesta. Llegó un punto en que me hallaba como en un túnel oscuro y sin salida. Me aconsejaron que buscara ayuda profesional y así lo hice, pero sin resultado alguno.

En ese estado de angustia, una mañana abrí las ventanas de mi casa, me arrodillé, extendí los brazos, y rogué una y otra vez: “Dios mío, por favor, escúchame, quiero que seas mi psicólogo, mi psiquiatra, mi consejero, mi médico, mi amigo, mi todo”.

Días después, conocí la Ciencia Cristiana por medio de una conferencia. Allí me dieron dos ejemplares de El Heraldo de la Ciencia Cristiana, y lo primero que me llamó grandemente la atención fue que en muchas páginas decía que Dios es Todo-en-todo. Esto me impactó mucho. A partir de allí empecé a estudiar el libro Ciencia y Salud y comenzó mi camino hacia una vida llena de luz y de propósito. Pasé de creer en que el hombre y la mujer estaban condenados al sufrimiento y dejados a su suerte, a un conocimiento más espiritual de la creación pura, perfecta y satisfecha de Dios. El cambio en mi manera de pensar fue notable.

Meses después, una noche, noté una palpitación muy fuerte en el corazón. Aunque nunca había tenido ninguna afección cardíaca, con cierta frecuencia me daba taquicardia. Estaba sentada en la cama con la mano en el pecho, cuando recordé que había dejado una olla para hervir agua. Fui a la cocina y comprobé que estaba hirviendo a borbotones. Con afán tomé la ollita de sus dos orejas y de alguna forma la volteé y me eché el agua en las manos. Lo primero que pensé fue que se me habían deformado, pero entonces recordé que al día siguiente tenía que dar un examen para solicitar un empleo. Así que dije inmediatamente: “No tengo que mirarme las manos”. Bajé mis manos y oré por algunos minutos en silencio lo mejor que pude, trayendo a mi consciencia las verdades que había estudiado en el libro y en los Heraldos. Luego comencé a repetir la “declaración científica del ser”, que había leído en Ciencia y Salud, aunque no la recordaba bien ni comprendía mucho. Recorrí mentalmente varias partes de la misma, sobre todo una parte que dice: “El Espíritu es la verdad inmortal; la materia es error mortal” (Ciencia y Salud, pág. 468).

No habré estado así ni diez minutos cuando recordé que no había apagado el fuego. Me paré y cuando estiré la mano derecha para apagarlo vi que mi mano estaba perfecta. Me miré la otra y tampoco tenía nada. Esto fue para mí maravilloso. También noté que ya no tenía palpitaciones, y vino como una voz a mi pensamiento que dijo claramente: “Nunca hubo taquicardia, y nunca hubo quemadura”. Esta voz en mi conciencia era para mí algo desconocido, pero la escuché suave y claramente, y le di gracias a Dios. Nunca tuve evidencia de quemadura, la curación fue instantánea y perfecta. Tampoco volví a sufrir de taquicardia.

En Isaías está la promesa: “Y antes que clamen, responderé yo; mientras aún hablan, yo habré oído” (65:24). Esta promesa se hizo realidad, pues esta Ciencia vino a ser para mí un Todo precioso en cada aspecto de mi vida durante ya casi tres décadas.

Mi gratitud no tiene límite.